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4/5/11

«Objetar la eutanasia sólo se sostiene con la perspectiva de un Dios trascendente», dice biólogo español

Miércoles 04 de Mayo del 2011


MADRID, España (Protestante Digital) Uno de los temas que se abordará en las próximas Jornadas sobre Bioética, que se celebrarán en Madrid del 27 al 29 de mayo, será el de la eutanasia, que estará a cargo del escritor, profesor y doctor en Biología Antonio Cruz.

En la entrevista concedida a Protestante Digital, Antonio Cruz analiza algunos de los aspectos más controvertidos sobre la eutanasia, relacionados directamente con la concepción del ser humano, el valor de la vida y la importancia de la fe en Dios como respuesta a la cultura de la muerte.

La imagen del hombre como un ser “creado por Dios” resulta fundamental para poder afirmar el valor de la vida. “Al dar la espalda al Creador, se pone el límite en el mismo hombre. Si el hombre no es imagen de Dios, ¿qué sentido tiene el dolor, el sufrimiento, o la propia muerte? Desde esta perspectiva no se le puede negar al ateo poner fin a su propia vida”, dice Cruz.

Este sentido de “hacer cada uno lo que quiera consigo mismo” sólo se puede responder, reflexiona Cruz, desde el punto de vista de la fe, considerando que “Dios es el único con derecho de quitar la vida del hombre. Esto para el creyente está claro, pero a los que no creen en Dios es difícil hacerles razonar”.

A partir de ese valor único de la vida se puede entender que la muerte de uno afecta también a las demás personas. “Todas las personas forman parte unas de otras. La sociedad, la familia, muere un poco porque pierde algo de sí misma. El que no tiene familia, o el que se siente un estorbo, y además no cree en Dios, es difícil convencerlo de que no opte por ello”, avisa Cruz.

El problema está en que la sociedad “del confort y el bienestar”, que sólo busca el placer, no puede tolerar la muerte, ya que sería “absurda, porque trunca las únicas expectativas que tiene la vida”. Por eso se afirma que el paciente “dispone de su vida si así lo desea. Es el individualismo ateo y hedonista el principal responsable del retorno a la eutanasia ”, explica el biólogo.

La sociedad intenta relegar, disimular la muerte, y en este contexto entra la posibilidad de la eutanasia como una solución, dando una “muerte placentera”. Antonio Cruz opina que “la tentación de la eutanasia aparece como una forma de dominar la propia muerte. Se pretende que todo produzca placer, y por eso queremos también controlarla”.

Así, el secularismo y el relativismo permean el discurso de aquellos que “quieren declarar su independencia del Creador”. A esto se le suman “las concepciones biologistas que no ven diferencias cualitativas entre la vida humana y las vidas animales; y por tanto resulta que la acción de matar se entiende como una salida éticamente correcta”.

DEL PATERNALISMO A LA AUTONOMÍA

Dependiendo de quién use el término, la eutanasia puede significar cosas distintas. Cruz explica que par algunos “pudiera ser un homicidio por compasión ante una persona que sufre y pide morir”, mientras que para otros es “intentar no convertirse en víctima del encarnizamiento terapéutico”.

El doctor se inclina por definirla como “la muerte indolora que se le causa a una persona que consciente o no está sufriendo abundantemente por una enfermedad grave o incurable, y que esa muerte se lleva a cabo de forma deliberada por el personal sanitario mediante fármacos, o mediante la suspensión de curas vitales, porque se considera irracional que prolongue una vida que se valora como no digna de ser vivida”.

A lo largo de la historia se puede ver cómo diferentes culturas y sociedades han enfrentado la situación de la muerte. “Al principio de los tiempos se hablaba de una eutanasia ritualizada. Había una importancia en la muerte por ser un momento de paso o de transición de la vida a lo que hay después”, explica Cruz. En este contexto, muchos pueblos “usaban sustancias para producir una buena muerte” por medio de rituales que solían ser realizados por el mago o el chamán.

Una segunda etapa se inicia con la llegada de la medicina, en la que se busca que el médico proporcione una “muerte dulce” para que el enfermo no sufra.

Finalmente aparece la eutanasia autónoma, que surgirá a mediados del siglo XX en un entorno que “da más protagonismo al paciente, siendo éste quien decide. Del pensamiento paternalista del principio de beneficencia se ha pasado al principio de autonomía”, agrega el especialista.

Es por eso que se produce un rechazo del “encarnizamiento terapéutico, es decir, que se prolongue la agonía”. Pero el problema ético está en determinar “si el enfermo tiene que tener un límite claro sobre su vida o el individuo puede disponer de su vida y de su muerte”.

DECIDIDOS A MORIR

El conflicto sobre la autonomía del paciente es “delicado” y para Cruz exige tener en cuenta “las diferentes fases que puede pasar un enfermo terminal”. “Hay etapas de frustración, de rabia... Es dudoso que en esa situación la eutanasia responda a un deseo genuino de morir”, analiza Cruz.

Sin embargo, “hay pacientes terminales que están seguros, y que piden la eutanasia. Se puede tratar de personas mayores que no tienen responsabilidades en el hogar y se pueden considerar una pesada carga a sus familiares. Hay objeciones éticas que desestiman una petición de estas características”.

Por otra parte se puede caer en el “eficientismo”, que pretende “eliminar a aquellos individuos que se han vueltos improductivos o torpes. Los ancianos, cada vez más numerosos, se ven como seres gravosos e insoportables”.

De este asunto es responsable una sociedad en la que “el avance de la medicina ha producido que haya más enfermos crónicos, pero se sigue basando la sociedad en el activismo, la competitividad, el culto a la juventud”. Esto provoca que “miles de ancianos se vean viviendo en hogares, donde el anciano se ve sin ilusión por continuar vivo. Aquí cabe preguntarse si pedirían la eutanasia si viviesen de otra manera. Quizá no pensarían en la muerte si se les tratase de otra manera”.

Otro aspecto clave está en cómo la sociedad gestiona, desde sus leyes, la eutanasia. Antonio Cruz apoya el modelo actual en contra de modelos como el de Holanda o Suiza, considerados paraísos de la eutanasia, porque “la figura del médico debe inspirar confianza. Hay un problema psicológico que descalifica a a la sanidad si cuando su función es curarle, ahora también puede proporcionarle la muerte”, explica Cruz.

LA PERSPECTIVA BÍBLICA

Buscando la perspectiva de la Biblia, Antonio Cruz encuentra que “la vida humana siempre se concibe como un don de Dios. Y sólo el Creador tiene autoridad sobre la vida”. Una creencia que “supuso un choque frontal a lo que se seguía en el mundo pagano, donde el suicidio imperaba”.

Aunque en la Biblia hay algunos casos de suicidio, éste no se regula directamente en la Ley porque se contempla como un homicidio. “Si la muerte a otra persona estaba condenada, cuánto más reprobable es matarse a uno mismo. El pueblo de Israel despreciaba a quien se quitaba la vida. Esto no era así para los griegos o los romanos, donde los consideraban héroes”.

Además, “Pablo dice en Romanos que el cristiano no vive ni muere para sí, sino para el Señor. Nuestra vida y muerte les afecta a quienes conviven con nosotros. Nadie vive sólo para sí. El hecho de quitarse la vida tiene repercusiones negativas sobre los demás. El suicidio es tan inaceptable como el homicidio”.

Teniendo esto en cuenta, es necesario entender que no es lo mismo “ayudar a morir que matar”. “La eutanasia pasiva para mí no es eutanasia”, añade Cruz. La eutanasia pasiva consiste en dejar de usar métodos biomédicos, o aplicar drogas para aliviar los dolores, algo que a su juicio es “ayudar a morir a una persona que esté en fase terminal”.

En cuanto a los médicos cristianos, el doctor Cruz opina que es necesario proteger la objeción de conciencia para aquellos que quieran negarse a practicar la eutanasia activa. “Nadie puede obligar a practicar un acto contra sus principios. Si se elimina esta posibilidad, estamos haciendo algo mal”, avisa.

Pero para aquellos que “han creído en Jesús, fallecer no es el fin. Tenemos que llevar el mensaje de la resurrección y la vida ante una cultura de muerte. Los que creen en Jesús como salvador personal debe aprender a mirar a la muerte a la cara, porque tenemos esperanza. Sí tenemos que paliar el dolor, pero la muerte no debe darnos miedo, porque detrás de la muerte está la verdadera vida”, concluye Cruz.

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